sábado, 11 de diciembre de 2021

HOTEL SHIRATON

 


El taller que el señor Nassi, el herrero de la cuadra, había dejado, fue adquirido por don Luis Noriega, vecino de la calle Napo. Don Lucho era lo que ahora se llama un emprendedor, pues se había hecho de un considerable capital con el negocio de la venta de leche, él y sus hijos.

Casi sin darnos cuenta, tuvimos de pronto un hotel que había aprovechado de una forma admirable los cuatro metros de frontera por veinte metros de fondo.

El nombrecito, Shiraton, aprovechaba el de nuestra calle (Chira) y aludía al del famoso hotel limeño Sheraton.

De entrada, hacia la izquierda,  se accedía a un semisótano que conducía a un minibar y cocina. Por el lado derecho un breve graderío llevaba a la recepción y las tres habitaciones. Del segundo al tercer piso había en cada uno de ellos cuatro holgados dormitorios.

El edificio había sido apadrinado por el entonces presidente regional Juan de Dios Cubas Cava a fines de 1989 con una fiesta de inauguración bastante fructífera en cerveza y comida. Cuando ingresé a trabajar en el hotel, a principios de 1990, todavía había algunas cajas de botellas pequeñas.

Lucho Noriega hijo era quien administraba el establecimiento y allí llegaban sus amigos que, como él, eran corredores de auto profesionales, además de algunas chicas muy bonitas que solían acompañarlos. Aquel año murió uno de ellos, Mañuco Ganoza, en un accidente automovilístico.

Las habitaciones erran muy cómodas y todas tenía baño propio, algo de lo que solo pocos hostales podían darse el lujo. Y aún me sorprendo cómo es que en tan poco espacio las habitaciones pudieron ser tan bien diseñadas.

Ese año, prácticamente me la pasaba todo el día allí,  incluso me quedaba en una de las habitaciones. Recuerdo que aún estaba en la universidad y me la pasaba toda la mañana en los estudios y al regresar, por la tarde, me internaba en el hostal y no salía hasta el otro día. Hacía de todo, era cuartelero (el encargado de la limpieza) hasta atendía en la recepción.

Ahora que he regresado al barrio, después de 30 años, y al ver este pequeño edificio he tenido un sentimiento de tristeza por la manera como lo he encontrado, sin ningún asomo de su esplendor inicial.

Y ahí está, triste y olvidado, el hotel Shiraton, en cuyo interior viví todo un año de experiencias.

 

ELHIJO DE MANUEL ARÉVALO

El hijo de Manuel Arévalo vivía en nuestra calle. Se llamaba Víctor Arévalo. Yo sabía quién había sido Manuel Arévalo, porque siempre vi su retrato en la Casa del Pueblo, el local del partido aprista. Lo sabía porque todas mis vacaciones de la Primaria mi hermana me llevaba ahí a tomar algún curso de verano. Fue ahí donde me enteré que había sido el segundo después del líder Víctor Raúl Haya de la Torre, quien solía decir que Arévalo sería quien lo reemplazara en la jefatura del partido en acaso le ocurriera algún percance fatal. La designación no era gratuita; Víctor Arévalo se lo merecía con creces.

Don Víctor era un tipo alto, delgado y tenía los ojos verdes de su padre. A propósito, casi todos sus hijos reprodujeron ese gen, al punto que a Carlos, uno de sus hijos, lo conocíamos como “Gato”.

No tuve trato directo con don Víctor, pero sabía que era buena persona, muy solidario y bastante sencillo. Podría asegurar que desde esos años ya tenía la fábrica de losetas, porque fue la empresa que sus hijos continuaron muchos años después.

Una fría mañana, un auto enorme, pintado de negro y con lunas polarizadas, se estacionó frente a su puerta. Dos tipos altos entraron en su casa, mientras otro, de porte militar y con lentes oscuros, se puso en guardia, afuera, los brazos cruzados, el rostro adusto. A la media hora, don Víctor salía acompañado de sus hijos y de su esposa. Le pudieron alcanzar solo un saco y el maletín James Bond que solía portar. La esposa y los hijos de don Víctor no dejaron de hacerle adiós con las manos hasta que el oscuro auto se perdió al tomar la avenida.

Era 1985 y el partido aprista había asumido al gobierno. El presidente, un jovencísimo Alan García, a la semana de su asunción, llamó al ministro de Economía, Luis Alva Castro, y le dijo: “Lucho, desde hoy vas a tener a un asesor de lujo en tu cartera. Se trata del hijo del gran Manuel Arévalo. ¿Te das cuenta?”.

La verdad, en la calle nadie se dio cuenta de tan alto cargo al que había accedido don Víctor. Y él contribuyó a ello. Nunca ostentó y no presumió de nada. Las veces que volvía a Trujillo rechazaba los ostentosos carros diplomáticos y solía llegar a su casa en un taxi ocasional. Quien lo veía, con su acostumbrada guayabera y el pantalón de corte simple, le seguía teniendo como el mismo vecino de siempre, quien no dejó de lavar su auto o de reparaba alguna avería. Eran estas ocasiones, cuando lo veía enfundado en un overol y su franela roja, parecía ver al mismísimo Manuel Arévalo, de cuando cumplía sus labores de mecánico en las haciendas del Valle.

 

LOS FESTEJOS POR EL TRIUNFO EN EL PELOTA DE TRAPO

Tras obtener el tercer lugar en el Pelota de Trapo, la celebración fue bastante entusiasta. El Sr. Urbina, a pedido de Ronald, su hijo, cedió el espacio inmenso de su negocio: Frenos Chira (hoy es la sede del Sutep regional). Era el lugar perfecto; entró toda la cuadra.

Las mamás, sobre todo de quienes conformaban el equipo, se apoderaron de un lugar, al fondo, en donde habían instalado una batería de cocinas, ollas, cucharones y cubiertos, y no se cansaban de asegurar que iba a haber comida para todos. El yerno de don Máximo Castro, que distribuía cerveza al por mayor, donó algo de 10 cajas (estas, entonces, eran de cartón).

Eran años en que se bailaban los temas de Rulli Rendo, Los Pakines, Freddy Roland, Lisandro Meza, Fruko y sus Tesos, Latin Brothers y Oscar de León. Me gustaba esta y toda clase de música, pero solo me limitaba a escucharla, porque nunca había bailado. Una vergüenza, que no sabía desde cuándo la tenía, me impedía hacerlo. Había pasado trece años en ese plan y tal parecía que iba a seguir así, por siempre.

Esa mañana, como era de suponerse, andaba detrás de Roxanita y la vigilaba guardando cierta distancia, cada vez más enamorado. No me la acercaba más porque eso implicaba que debía bailar y ya se sabe cómo andaba yo con esa cuestión en mi infantil humanidad. Ella se la pasaba muy bien, conversando con las chicas y bailando con los muchachos de la cuadra. En algunas ocasiones, maravillosas para mí, nuestras miradas se habían cruzado; sin embargo, no vi en ella el menor atisbo de sorpresa o reconocimiento. Tal parecía que los pocos minutos en que capté su atención cuando fui sacado en hombros tras convertir el gol del triunfo, no hacía más de tres días, no fue suficiente para que me reconociera.

Hubo un momento en que las chicas habían salido a bailar entre ellas, pero al segundo, como sacados del sombrero de un mago, aparecieron Pucha, Cachorro y Vago y cada uno cogió su pareja. Roxanita había quedado sola, avergonzada, sin tener con quien bailar; miraba en su rededor, en busca de algún solícito salvador. El destino o qué sé yo, me la estaba cediendo en bandeja de plata, pero mis pies se inmovilizaron y empecé a sudar frío, no podía mover ni una pestaña. Roxanita se me iba de las manos…

Y me retiré, odiándome como nunca.

El festejo había empezado a eso de las 10 de la mañana, y cuando todos tenían por seguro que se quedarían hasta la madrugada, el Sr. Urbina anunció amablemente que agradecía la presencia de todos pero que iba a tener que cerrar porque mañana era lunes y debía atender su negocio desde temprano. De modo que los que quedaban se trasladaron a la casa de Koky Castro, habida cuenta que Cachorro, su pequeño hermano, era uno de los que habían conformado el equipo ganador.

Apenas enterado del nuevo local, fui, decidido a bailar con Roxanita, sucediese lo que sucediese. Llegué y no vi la por ningún lado. Eran cerca de las 11 de la noche. En la vida sus padres iban a dejarla hasta esas horas. Pero yo estaba decidido a bailar a como diera lugar. Y se dio el prodigio. Recuerdo que había empezado un tema de Lisandro Meza, “Entre rejas” y de pronto vi que Nancy Castro, la Gata, que aparte de tener los ojos de una angora, era muy bonita, la más codiciada entre los muchachos de su edad, 20, 21 años. Me levanté tembloroso y empecé, todo hecho sudor; debía tener la cara rojísima de la vergüenza, pero nadie lo notó, todos estaban mareados; prácticamente, nadie me veía. Puse las manos a la altura de la cintura, moviéndome lentamente; daba pasitos a mis lados y levantaba los pies, alternativamente, a media altura, como cuando daba mis pases timoratos en la cancha. Bailé cinco veces seguidas con Nancy. Luego lo hice con todas las chicas, todas ellas mayores de edad.

Hasta que vi a mi viejita parada en la puerta, Dejé todo y fui corriendo. “¿No piensas dormir?”, me dijo. “Ma, estoy bailando. ¿No quería usted que dejara la vergüenza?”. “Si, ya te vi”, me dijo. “Pero no demores mucho, ya va a ser la una de la mañana”.

Esa madrugada bailé hasta entrada la mañana. Conforme había cogido mayor seguridad, mis pasos eran enérgicos, era como si en cada baile pisoteara esa agobiante timidez que me había mantenido acogotado esos años.

 

LA IGLESIA DE LA ESQUINA Y NUESTROS PRIMEROS TEMORES RELIGIOSOS

Yo tenía  siete años y estaba en transición. Era el primer grado con el que se empezaba la Primaria. Mi escuela se llamaba Ramón Corcuera Salazar y estaba a un costado de la iglesia San Pedro Nolasco, a unas tres cuadras de mi calle. La misma edad tenía César Aguirre y Juan Vigo, mi primo. Estudiábamos en la misma escuela y solíamos ir juntos. Tomábamos regularmente la calle Unión, aunque otras veces, la avenida Perú. Preferíamos ir por la Unión porque en la esquina había una iglesia cristiana, y nos habíamos acostumbrado a golpear su portón, más que todo para alejarnos a la carrera, cosa que nos favorecía para llegar temprano a la escuela.

Nuestra travesura llegaba a más por las noches, a eso de las siete, cuando el portón se mantenía abierto mientras duraba el culto. Entrábamos despacito y en el silencio de los rezos lanzábamos nuestros gritos, unas veces era la imitación de un animal, otras, el grito de tarzán, y nos salíamos a la carrera. Fue tan evidente nuestra rutina que lo que iba a suceder era lo que se esperaba. Una noche, apenas entramos, y nos disponíamos a proferir nuestros guturales gritos, el portón se cerró detrás de nosotros. Dos hombres, vestidos de terno, se interpusieron en nuestra salida. Se acercó una señora y nos llevó a la primera banca. El pastor nos dio la bienvenida y nos presentó como nuevos integrantes de la congregación.  Todos aplaudieron y nos daban la bienvenida. Esa noche, como buenos niños, estuvimos queditos escuchando al pastor, mientras pensábamos cómo íbamos a hacer para salir. El hecho es que nos gustó la prédica y nos olvidamos de todo. Al salir, quisimos disculparnos. “Lo mejor disculpa será que nos acompañen este domingo”, dijo el pastor. Nos tomaron nuestras direcciones. Si no vienen vamos a ir a sus casas. Ese domingo no esperamos que nos llevaran, a las 9 de la mañana estábamos ingresando, bien peinados y vestidos de camisa blanca, como nos habían dicho. Se acercó una joven, a la que llamaban hermana Elvira, recuerdo perfectamente el nombre. Nos llevó a una habitación en el segundo piso. Vimos que había más niños como nosotros. Antes de que apagara la luz, la hermana Elvira dijo que estábamos en la escuelita dominical y que en ese momento íbamos a ver cine. Empezó el barullo por el anuncio, incluso aplaudimos, muy sonrientes. Y lo que vimos fue algo horripilante, se veían a personas que eran lanzados al fuego, otros se quemaban, gritaban. Fue atroz. Nos buscábamos entre la oscuridad, los que nos mantenía seguros a César, a Juan y a mí, es que estábamos juntos. Por ahí se escuchó que alguien lloraba. Así que la hermana Elvira dijo que nos calmáramos. Entonces empezamos a ver a personas viviendo entre nubes, en donde todo era alegría, calma.

Cuando terminó la película, la hermana nos preguntó: “¿En dónde había tranquilidad y todos estaban bien? Repetimos que los que vivían entre las nubes. “Ese lugar es el cielo. ¿Vieron cómo vivían los otros? En la candela, en medio del lamento. Ese es el infierno. Allí van los que se portan mal. Arriba, en el cielo, están junto a los ángeles, junto a Diosito, viviendo muy felices”. Enmudecidos por las imágenes del infierno, realmente asustados, tuvimos que decir en coro que mejor se vive en el cielo, cuando ella dijo en dónde queremos vivir.  “Entonces, ya saben, desde ahora, para que vayan al cielo, tienen que portarse bien, hacer caso a su mamá, hacer las tareas, ¿sí?”.

Me acuerdo que llegué a mi casa diciéndole a mi mama qué era o qué podía hacer. “¿Que mosca te ha picado”. Entonces abracé a mi madre, realmente conmovido. “Mamá, sabías que si nos portamos mal nos vamos a ir al infierno?” “¿Sabes qué? Mejor anda afuera a jugar pelota con tus amigos, ¿ya?”

Desde esa vez no volvimos a golpear el portón de la iglesia, ni a gritar como locos. Al contrario, evitábamos pasar por ahí. No fuera que el mismo diablo nos jalara y no nos dejara salir.

 

DON NASSI, EL HERRERO DE LA CUADRA

Los años modernos y su invasión de casas de cemento y ladrillo, autos cuyo número iba en aumento, modas de jeans y vestidos altos y bikinis de colores en las playas y patinetas y walkman y música cada vez más estridente, lo tenían sin cuidado a Don Nassi, el herrero de la cuadra. Lo tenía sin cuidado o, simplemente, lo ignoraba desarrollando un oficio que el tiempo empezaba a desaparecer.

Aunque su nombre completo era Carlos Nassi, todos lo llamábamos por su apellido. Muy temprano, abría con esfuerzo las dos hojas de la vieja puerta de madera,  cada vez más asentada por el tiempo y la fatiga material. Vivía solo pero tenía siempre a su lado un perro pastor alemán. Alto, encorvado por la edad, la frente ocupada por arrugas, conservaba una incipiente barba cana y el cabello corto, también del color de la nieve. Lo recuerdo siempre vestido de un pantalón que alguna vez fue azul y un bivirí que difícilmente podía mantener blanco en todo el día por el sudor y la herrumbre de los metales.

Después de que barría su taller, cuyo piso era de tierra, encendía la fragua, avivando el fuego con su viejo fuelle de cuero. Y entonces, cuando el brasero mostraban la ardiente combustión del carbón, con el metal que debía forjar, y ya se escuchaba el crepitar del fuego, empezaba Don Nassi con los incesantes golpes del martillo contra el hierro incandescente, el chasquido del metal al contacto del agua, y nuevamente el rítmico golpeteo contra el yunque. A un rincón, recostados a la pared, estaban las verjas, palas, rejillas, barandas, candelabros terminados, listos para su entrega.

Por las tardes se entregaba al solaz del silencio y la calma del martillo y el yunque, y veía El Gran Chaparral y las series de época en su inseparable televisor blanco/negro de 12 pulgadas. Eran las veces en que se le veía dormitando sin problema, seguro de contar con el decidido cuidado de su pastor alemán, que empezaba a gruñir y a ladrar apenas ingresaba algún extraño. (De esto podrá dar cuenta el inquieto Cherry, que entró a recoger su pelota, pero que tuvo que retroceder cuando el perro se le lanzó encima, saliendo con el trasero de su pantalón rasgado, aunque más asustado que adolorido).

Sin embargo, cuando dos ancianos ingresaban al taller, el pastor no dejaba de menear la cola. Los conocía de años atrás. Eran los que lo habían criado desde pequeño, y lo habían traído a que acompañase al anciano. Eran los hermanos de Don Nassi, los dueños de Carrocerías Nassi, muy conocida aquellos años. Además, creo, tenían una flota de traylers. Iban regularmente a verlo y a insistirle que vendiera el inmueble y siguiera una vida digna al lado de ellos y sus nietos. Don Nassi siempre se mostró reacio, y terminaba diciendo que solo muerto lo iban a sacar de allí.

Pero un día ya no se le vio abrir su taller, y los vecinos nos cansábamos de preguntar qué había sido de nuestro peculiar herrero. Algunos aseguraban haberlo visto abandonando el lugar acompañado de un grupo de personas, al parecer sus familiares, y que antes de abandonar su taller, don Nassi, conmovido y tembloroso, le dio un último vistazo extendiendo con energía ambos brazos, a modo de despedida.

Lo cierto es que, a los pocos días, unos albañiles echaron abajo la vieja edificación de adobe y barro y empezaron a construir las bases de lo que sería el hotel Shiraton, nombrecito que aludía al hotel Sheraton de Lima. Y esa es ya otra historia.

 

LOS HELADOS D’ONOFRIO SE FABRICABAN EN MI CALLE

Por muchos años, hasta que entré a la escuela, creí que en mi calle funcionaba la fábrica de helados D’Onofrio, que allí se preparaban esos populares y deliciosos helados que publicitaba la radio y la tele.

El local estaba enfrente de Frenos Chira y ocupaba algo de 30 metros de frontera. El hecho que desde muy temprano salieran muchos, muchos triciclos llenos de helados, me reforzó la idea de que era en ese lugar en donde se los hacían.

La pared era bien alta, debería ser como de seis, siete metros. La inmensa fachada tenía la figura del sol que sostenía un helado en uno de sus rayos.  Tenía un solo portón de entrada, también inmenso, siempre pintado de azul, en cuya puerta pequeña solía estar Eustaquio, el vigilante, un hombre de mediana edad, que solía desplazarse en bicicleta, y prácticamente vivía allí. Si salía era porque solo así podía impedir que siguiéramos teniendo de arco el inmenso portón. Eustaquio solo nos miraba jugar y no hacía ningún ademán por quitarnos la pelota ni decirnos que nos vayamos; su muda presencia era la mejor manera de decir que nos fuéramos a otro lugar.

Me gustaba ver, a eso de las cinco a seis de la tarde, el desfile del ejército de heladeros con sus triciclos vacíos, cansados, sudorosos, satisfechos. Era la hora en que parábamos el juego porque era tal el tumulto de heladeros y sus máquinas, que ocupaban toda la calle.

El dueño del depósito -ahora sabemos que era solo eso- era un tipo grueso, siempre de terno, achinado y con un cabello inalterablemente embadurnado en Glostora, el aceitillo que las bodegas vendían por copas y que era para mantener lustroso y asentado el cabello de los varones. Porque Glostora, y no aceitillo, era lo que debía usar este señor, que solía venir en un inmenso auto rojo y siempre acompañado de su esposa (nunca se hizo acompañar por niños; ahora que lo pienso, no debieron tenerlos).

Lo que más resaltaba en esta señora no era su piel blanquísima, ni su abultado peinado ni sus pestañas larguísimas y sus labios pintados de un rojo intenso. Lo que más nos llamaba la atención era su dimensional gordura, que no se mostraba en su barriga, que era asombrosamente delgada, sino en sus brazos y piernas. Era tanto el volumen de sus carnes, que sus miembros parecían duplicarse. Fue este evidente detalle el que llevó a un vago a ponerle el mal nombre de Ochoculos. Y era este sobrenombre el que usábamos, y en coro, para desfogar nuestra cólera, cuando esta mujer nos mandaba a buen lugar al pillarnos golpeando el portón o la pared del depósito.

 

LOS ÁGUILAS

Pasando la peluquería, había una casa que era alquilada por un jovencito cuya vestimenta recordaba a la época de los años 60: polo blanco ceñido al pecho, jean estrecho y botas vaqueras. Solía llegar en un Cadillac convertible de los años 50, a veces acompañado por los demás integrantes: Luis Zambrano (bajo), Julio Zambrano (batería y voz), Iván Monzón (teclado y segunda guitarra) y Samuel Llanos (congas y bongós).

Al inicio, nadie sabía  que se trataba del músico Kike Saavedra, el líder de la agrupación rockera Los Águilas. Poco a poco llegamos a enterarnos de lo famosos que eran por los videoclips filmados en el coliseo Gran Chimú y que el canal 6 de la ciudad solía pasar un programa juvenil cuyo nombre he olvidado.

Eran inicios de los años 70, tiempo en que en que era muy popular la música rockera (conocida como música ‘enfermedad’) que emitía la radio Ondas del Norte. Años de efervescencia juvenil que solía explotar en los bailes de fin de semana en el Club Tell, el Club Libertad, la Sociedad China, el Gallo Rojo y hasta en la escuela de choferes de la avenida España. Lugares en donde eran reyes las agrupaciones trujillanas y del valle: Fiebre Amarilla, Los Mencos, Aukis, Armonía 4, La Nueva Junta, Los Grecos, Los Deltas, Katarsis, Banda Aérea, Fe Ciega, Los Ángeles, Grupo América, Allmendra, entre los que destacaba Los Águilas.

Y en la calle los tuvimos de vecinos algún tiempo. Los pequeños de entonces solíamos ver de lejos el aquel emblemático auto rojo estacionado en la esquina. Veces que lo veíamos, sabíamos que había llegado el conjunto y que luego empezarían los ensayos. Recuerdo que me gustaba pegar mi mejilla en la luna que vibraba por el estruendoso ruido.

Sin embargo, tuvieron que trasladar sus horas de ensayo nocturnas a la tarde, por el continuo reclamo del vecino de junto: el temible don Washington.

Por eso, al poco tiempo, Los Águilas se fueron literalmente con su música a otra parte.

 

 

EL SASTRE YUPANQUI

Su nombre era Abelardo Yupanqui, pero lo conocíamos como don Yupanqui, siguiendo la costumbre tan peruana de anteponer el don al apellido. Era el sastre de la cuadra. Moreno, de bigote, pelo hirsuto y de mediana estatura, se le veía siempre de buen carácter. Residía en Palermo, a dos cuadras del parque 9 de Octubre, y todas las mañanas, a eso de las siete, llegaba y abría la puerta enrollable. Una rutina que, imagino, venía repitiendo desde hacía unos veinte años. Dentro se hospedaba don Pedro, su ayudante, un hombre de pelo escaso y lentes; debería tener algo de 60 años, a principios de  los años 80.

La sastrería estaba a mitad de la calle, entre la tienda de don Máximo y la quinta Zafra. Era pequeña, de unos 12 metros cuadrados. Pero algún maestro de obra –acaso fue idea del señor Yupanqui-, había construido un curioso altillo encima de la máquina de coser y el planchador. Siempre que entraba, no dejaba de ver la estructura; me figuraba que se iba a venir abajo; pero era maciza, con unas columnetas de soporte. En ese altillo trabajaba don Pedro, debería de ocuparse de los hilvanados o cortes. Casi nunca bajaba, quizá solo a comer o ir al baño. Era ahí donde había dispuesto su cama. Lo supongo. Era un tipo sumamente callado. Siempre me intrigó su personalidad.

Por las noches, era el punto de encuentro de esa generación que nos llevaba algo de diez años: Lalo, un muchacho venido de otro barrio; Pato, que vivía en Arequipa, la calle contigua a la nuestra, que siempre andaba de paso, bien cambiado, porque tenía la costumbre de llegar a cuanta fiesta había en la ciudad; Carlos Zavaleta (mis hermanas le decían Carlos Bimbo, por el nombre de su inseparable perro); Benjamín, al que llamaban Velita, por su contextura delgada; el Italiano, quien solía vestir de blanco y creo que era de hablar muy sofisticado; Álvaro Rodríguez, al que llamábamos a escondidas “tomate”, por lo colorado de su rostro; Roger Zavaleta, Emilio Castro y los hermanos Arévalo.

Muchos vecinos acudíamos a la sastrería, no por un servicio de confección, sino porque don Yupanqui era uno de los poquísimos que tenían teléfono; y tal parece que el servicio le daba una nada despreciable suma, pues cobraba por llamada de tres minutos unos 50 intis (la moneda habitual de los 80).

Una de esas mañanas en que llegaba don Yupanqui a abrir su establecimiento se dio con la más terrible experiencia. Desde luego, no presencié los pormenores, pero me imagino lo que pasaría apenas había subido la puerta enrollable. Encontró parado, frente a él, a don Pedro, sin los lentes, balanceándose sobre sus piernas abiertas, el pelo enmarañado y los ojos fijos. Esto me imagino lo que pasó, antes de que don Pedro se le lanzara encima y atenazara sus manos en el cuello. Fueron los gritos aterradores de don Yupanqui los que nos llevó a ver qué pasaba. Lo recuerdo tirado sobre el suelo, los ojos saltones, tratando desesperadamente de librarse de don Pedro que se resistía a soltar sus manos. Fue necesario que don Pedro Dávalos, Álvaro Rodríguez y  Emilio Castro juntaran fuerzas para retirar en vilo a don Pedro, que solo se limitaba a gruñir como un animal enfadado.

 

TOMATE

Se llamaba Álvaro Rodríguez y sus amigos le decían Alvarito. Con ellos se reunía regularmente en la sastrería del señor Yupanqui, entre los que estaban Lalo, Carlos Zavaleta, el Italiano, el Pato, que hacía una parada de unos minutos y se iba a sus fiestas a las que nunca era invitado, Delmar Rodríguez y Velita, el eterno catador de la licorería San Ignacio.

Usaba gafas y guayabera blanca. Era robusto, de mediana estatura, y tenía la piel blanca, quizá por eso resaltaba su rostro colorado.

La verdad, no sé si escuchamos lo de “Tomate” de sus amigos o se nos ocurrió a uno de nosotros, los muchachitos de esa época. Era el sobrenombre que le caía como anillo al dedo. Y nosotros esperábamos la noche, a eso de las siete, cuando salía a la puerta de su casa a fumar su cigarrillo de siempre. Nos escondíamos entre los autos estacionados frente a su casa y en coro gritábamos “¡Tomate! ¡Tomate!” ¡Tomate!”. Pero Álvaro nunca se inmutó. Fue su arma, el de la indiferencia, con la que nos venció. Porque llegamos a cansarnos. La verdad, nos sentíamos idiotas. Se esperaba que nos buscara encolerizado o hiciera el amago de coger una piedra, pero siempre fue una estatua, solo con los movimientos regulares de llevarse el cigarrillo a los labios, aspirar y botar su larga bocanada de humo.

Mucho tiempo después, tras veinte años, lo volví a ver en una oficina del Gobierno Regional. Estaba a la espera de una resolución de creación de mi colegio, y me era urgente porque ya se iniciaban las labores educativas y no había cuándo me dieran el bendito documento. Me decían que estaba en la oficina del señor Rodríguez. Estaba encarpetado, como se dice en el argot administrativo. Siempre tuve que regresarme con esa negativa. Hasta que un día fui decidido a reclamarle al tal señor Rodríguez. Golpeé la puerta de vidrio y escuché “Adelante, por favor”. Entonces lo vi y quedé paralizado. Era nuestro famoso Tomate. Parecía como si los años se hubiesen detenido en su cara del color de un… De pronto, me vi con toda esa culpa infantil de haberlo insultado. No sé si era por lo que algunos llaman karma, pero estaba recibiendo el castigo que el azar del destino se encargaba de dármelo. Sentí vergüenza, y creo que tenía la cara bastante sonrojada.

-¿Eres del barrio Chira, verdad?

Ya no sabía dónde esconderme. Me había reconocido, pensé que siempre lo supo y era el momento de su venganza.

Pronto, me vi calmado, cuando me dijo:

-Me acuerdo que eras flaquito, ahora estás el doble.

Me reí sin ganas.

-Y usted es el señor…

-Tomate.

Sino fuera porque lanzó una sonora risa, no sé qué hubiera hecho. Sonreí avergonzado.

-Carambas, hombre, estamos entre vecinos. Además, esa era mi chapa.

El tiempo cambia a la gente, dicen, y los años habían hecho un formidable trabajo con Alvarito. Ya no era el colorado serio y muy caballerito. Ahora tenía enfrente a un tipo jovial, campechano. Quise abrazarlo.

-Aquí está tu resolución, y te felicito, ah. Vas a emprender un gran negocio educativo.

-Sí pues -le dije, ya más relajado -. Retuve su mano al despedirme.

-¿Nos tomamos una gaseosita, vecino?

Álvaro Tomate me miró fijamente. Su rostro había cambiado totalmente.

-Otro día –me dijo con toda la seriedad del mundo.

 

 

SE APLICAN AMPOLLAS

En los años 70 era común que en algunas calles se encontrara una casa con el rótulo de “Se aplican ampollas”. Hasta se dictaban cursos especiales para el ejercicio de tan noble oficio. Lo dictaban regularmente en la Cruz Roja, en la esquina de Junín con la avenida España; no sé si aún conservan el lugar. Decían que tras las primeras lecciones, procedían a practicar los pinchazos en naranjas, hasta que lo hacían entre los alumnos. No sé si sería cierto, ni qué se inyectarían. Me da escalofríos pensar en eso.

Mi calle no fue la excepción: teníamos una casa en donde se aplicaban, era la de los Cavero. De hecho, se forjaron dos generaciones. La empezó doña Ivón. En su puerta pintada de blanco sobresalía el rotulito en cartulina con letras negras. Eran esos tiempos en que aún no aparecían las ampollas desechables; las de aquel tiempo eran de un vidrio grueso, refractario y regularmente se las esterilizaban en agua hirviendo.

Doña Ivón mantenía su sala cerrada pero se procuraba el aire adecuado con una de las ventanas abiertas. No asombrábamos de que los ocupantes, en mayoría, provenían de otras calles, y el común de sus opiniones era de que la vecina “tenía buenas manos”, ya que no sentían dolor mientras o después de penetrar la aguja, fuese en el brazo o en la nalga. Doña Ivón cumplía el servicio en un abrir y cerrar de ojos, de manera que no necesitaba acostar al paciente para el pinchazo en la nalga.

Supe de este procedimiento cuando pasaban de casualidad por la ventana. Me empiné y pude ver el momento en que la vecina aplicaba una inyección en ese lugar pudibundo de una muchacha. Se lo conté al grupo. Al día siguiente, Chicamero ya estaba merodeando la casa de doña Ivón, esperando que una chica entrase por su ampolla. En realidad, habíamos quedado en que nos avisara para que corriéramos y viéramos esa parte pudorosa, vetada para nuestra edad. Ese día cometimos lo que se llama ahora como atentado a la intimidad. Desde luego, no se piense que lo que hacíamos era cosas de muchachos. Sabíamos lo que hacíamos. Y también supimos que estábamos en problemas cuando nos cogió in fraganti el policía que venía a recoger a su muchachita que había venido por una ampolla y de quien habíamos violando su intimidad.

Esas horas que pasamos en la comisaría de Ayacucho nos fueron eternas. Nos veíamos en La Floresta, la correccional de Trujillo. Así nos lo dijo el efectivo, el padre de la chica. Chicamero, Vago, Vikingo, Cachorro y yo pasamos por el peor momento de nuestra vida. Hasta que vinieron nuestros padres a pedir disculpas por el hecho, y nos liberaron.

 Sabía que el encolerizado rostro de mi madre regañándome delante de todos, pronto volvería a su acostumbrada dulzura. Así fue. Solo me dijo “Semejante tonto, ¿cómo se te ocurre hacer estas cosas”. Era el nivel de reprimenda a la que llegaba cuando me quería ponerme en razón.

 

SÁBADOS DE TÉ DANZANT

Corría el año 1973. Los sábados -creo que también los domingos- doña Irma, la señora que colocaba ampollas en la cuadra, retiraba el cartelito “Se aplican ampollas” de su puerta, porque alquilaba su sala para que se pudiera realizar lo que en esos tiempos estaba de moda: los té danzant, que no eran más que puntos de encuentro en los que adolescentes se reunían para bailar. Estas actividades eran realizadas generalmente por estudiantes para obtener alguna ganancia para su fiesta y paseo de promoción, ya que la entrada era pagada, en vista de que se debía cancelar el alquiler del local y el ritmo. Este último era conformado por un baterista y un timbalero, y era el que acompañaba las canciones que se emitían por el equipo de la época: el pick up (lo conocíamos como “picá”).

Estas congregaciones bailables tomaban el nombre de  aquellas reuniones que celebraban en el país  los jovencitos de los años 50 (en realidad, era una copia de las que se hacían en EE.UU. por esos años).

Los té danzant de los 70 solo tenían en común con aquellos de los años 50 en que se concentraban para bailar en horario de la tarde, pues a punto de siete de la noche como máximo se daba por terminado. Pero eran enteramente opuestos en cuanto a l tipo de música. Mientras que antaño los muchachos se movían al ritmo del rock y el twist y alguno que otro bolero, en los 70, en estos té danzant, en los que no había nada de té, se bailaba el rock, que en el Perú se dio en llamar como música “enfermedad”. Eran años en que se escuchaba “El retorno de la banda”, el tema que popularizó ese 1973 Paul McCartney y su banda Wings; año en que también se escuchaban discos de Elton John, Billy Joels, Bob Dylan, Santana, y de las ahora emblemáticas bandas  América, The Eagles o Texas. Era la misma música que solía emitir en Trujillo la radio juvenil de esos años: Ondas del Norte.

Nosotros, los que apenas llegábamos a los diez, once años, solo nos contentábamos con ver desde afuera. Íbamos a ver cómo es que en la semioscuridad, alumbradas con luces psicodélicas, se reflejaban  las imágenes hippies coloreadas con pintura fosforescente, y que prácticamente cubrían todas las paredes. Pero lo que más nos llamaba la atención era ver la forma graciosa, cadavérica, que tomaban los rostros cuando la luz fosforescente les llegaba al blanco de los ojos y los dientes.

Esos eran los té danzant de los años 70, una costumbre tan popularizada que no había barrio en Trujillo en que no se realizara uno cada fin de semana.

HOTEL SHIRATON

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