sábado, 11 de diciembre de 2021

 

SÁBADOS DE TÉ DANZANT

Corría el año 1973. Los sábados -creo que también los domingos- doña Irma, la señora que colocaba ampollas en la cuadra, retiraba el cartelito “Se aplican ampollas” de su puerta, porque alquilaba su sala para que se pudiera realizar lo que en esos tiempos estaba de moda: los té danzant, que no eran más que puntos de encuentro en los que adolescentes se reunían para bailar. Estas actividades eran realizadas generalmente por estudiantes para obtener alguna ganancia para su fiesta y paseo de promoción, ya que la entrada era pagada, en vista de que se debía cancelar el alquiler del local y el ritmo. Este último era conformado por un baterista y un timbalero, y era el que acompañaba las canciones que se emitían por el equipo de la época: el pick up (lo conocíamos como “picá”).

Estas congregaciones bailables tomaban el nombre de  aquellas reuniones que celebraban en el país  los jovencitos de los años 50 (en realidad, era una copia de las que se hacían en EE.UU. por esos años).

Los té danzant de los 70 solo tenían en común con aquellos de los años 50 en que se concentraban para bailar en horario de la tarde, pues a punto de siete de la noche como máximo se daba por terminado. Pero eran enteramente opuestos en cuanto a l tipo de música. Mientras que antaño los muchachos se movían al ritmo del rock y el twist y alguno que otro bolero, en los 70, en estos té danzant, en los que no había nada de té, se bailaba el rock, que en el Perú se dio en llamar como música “enfermedad”. Eran años en que se escuchaba “El retorno de la banda”, el tema que popularizó ese 1973 Paul McCartney y su banda Wings; año en que también se escuchaban discos de Elton John, Billy Joels, Bob Dylan, Santana, y de las ahora emblemáticas bandas  América, The Eagles o Texas. Era la misma música que solía emitir en Trujillo la radio juvenil de esos años: Ondas del Norte.

Nosotros, los que apenas llegábamos a los diez, once años, solo nos contentábamos con ver desde afuera. Íbamos a ver cómo es que en la semioscuridad, alumbradas con luces psicodélicas, se reflejaban  las imágenes hippies coloreadas con pintura fosforescente, y que prácticamente cubrían todas las paredes. Pero lo que más nos llamaba la atención era ver la forma graciosa, cadavérica, que tomaban los rostros cuando la luz fosforescente les llegaba al blanco de los ojos y los dientes.

Esos eran los té danzant de los años 70, una costumbre tan popularizada que no había barrio en Trujillo en que no se realizara uno cada fin de semana.

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