sábado, 11 de diciembre de 2021

 

LOS FESTEJOS POR EL TRIUNFO EN EL PELOTA DE TRAPO

Tras obtener el tercer lugar en el Pelota de Trapo, la celebración fue bastante entusiasta. El Sr. Urbina, a pedido de Ronald, su hijo, cedió el espacio inmenso de su negocio: Frenos Chira (hoy es la sede del Sutep regional). Era el lugar perfecto; entró toda la cuadra.

Las mamás, sobre todo de quienes conformaban el equipo, se apoderaron de un lugar, al fondo, en donde habían instalado una batería de cocinas, ollas, cucharones y cubiertos, y no se cansaban de asegurar que iba a haber comida para todos. El yerno de don Máximo Castro, que distribuía cerveza al por mayor, donó algo de 10 cajas (estas, entonces, eran de cartón).

Eran años en que se bailaban los temas de Rulli Rendo, Los Pakines, Freddy Roland, Lisandro Meza, Fruko y sus Tesos, Latin Brothers y Oscar de León. Me gustaba esta y toda clase de música, pero solo me limitaba a escucharla, porque nunca había bailado. Una vergüenza, que no sabía desde cuándo la tenía, me impedía hacerlo. Había pasado trece años en ese plan y tal parecía que iba a seguir así, por siempre.

Esa mañana, como era de suponerse, andaba detrás de Roxanita y la vigilaba guardando cierta distancia, cada vez más enamorado. No me la acercaba más porque eso implicaba que debía bailar y ya se sabe cómo andaba yo con esa cuestión en mi infantil humanidad. Ella se la pasaba muy bien, conversando con las chicas y bailando con los muchachos de la cuadra. En algunas ocasiones, maravillosas para mí, nuestras miradas se habían cruzado; sin embargo, no vi en ella el menor atisbo de sorpresa o reconocimiento. Tal parecía que los pocos minutos en que capté su atención cuando fui sacado en hombros tras convertir el gol del triunfo, no hacía más de tres días, no fue suficiente para que me reconociera.

Hubo un momento en que las chicas habían salido a bailar entre ellas, pero al segundo, como sacados del sombrero de un mago, aparecieron Pucha, Cachorro y Vago y cada uno cogió su pareja. Roxanita había quedado sola, avergonzada, sin tener con quien bailar; miraba en su rededor, en busca de algún solícito salvador. El destino o qué sé yo, me la estaba cediendo en bandeja de plata, pero mis pies se inmovilizaron y empecé a sudar frío, no podía mover ni una pestaña. Roxanita se me iba de las manos…

Y me retiré, odiándome como nunca.

El festejo había empezado a eso de las 10 de la mañana, y cuando todos tenían por seguro que se quedarían hasta la madrugada, el Sr. Urbina anunció amablemente que agradecía la presencia de todos pero que iba a tener que cerrar porque mañana era lunes y debía atender su negocio desde temprano. De modo que los que quedaban se trasladaron a la casa de Koky Castro, habida cuenta que Cachorro, su pequeño hermano, era uno de los que habían conformado el equipo ganador.

Apenas enterado del nuevo local, fui, decidido a bailar con Roxanita, sucediese lo que sucediese. Llegué y no vi la por ningún lado. Eran cerca de las 11 de la noche. En la vida sus padres iban a dejarla hasta esas horas. Pero yo estaba decidido a bailar a como diera lugar. Y se dio el prodigio. Recuerdo que había empezado un tema de Lisandro Meza, “Entre rejas” y de pronto vi que Nancy Castro, la Gata, que aparte de tener los ojos de una angora, era muy bonita, la más codiciada entre los muchachos de su edad, 20, 21 años. Me levanté tembloroso y empecé, todo hecho sudor; debía tener la cara rojísima de la vergüenza, pero nadie lo notó, todos estaban mareados; prácticamente, nadie me veía. Puse las manos a la altura de la cintura, moviéndome lentamente; daba pasitos a mis lados y levantaba los pies, alternativamente, a media altura, como cuando daba mis pases timoratos en la cancha. Bailé cinco veces seguidas con Nancy. Luego lo hice con todas las chicas, todas ellas mayores de edad.

Hasta que vi a mi viejita parada en la puerta, Dejé todo y fui corriendo. “¿No piensas dormir?”, me dijo. “Ma, estoy bailando. ¿No quería usted que dejara la vergüenza?”. “Si, ya te vi”, me dijo. “Pero no demores mucho, ya va a ser la una de la mañana”.

Esa madrugada bailé hasta entrada la mañana. Conforme había cogido mayor seguridad, mis pasos eran enérgicos, era como si en cada baile pisoteara esa agobiante timidez que me había mantenido acogotado esos años.

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