LOS FESTEJOS POR EL TRIUNFO EN EL
PELOTA DE TRAPO
Tras obtener el tercer lugar en
el Pelota de Trapo, la celebración fue bastante entusiasta. El Sr. Urbina, a pedido
de Ronald, su hijo, cedió el espacio inmenso de su negocio: Frenos Chira (hoy
es la sede del Sutep regional). Era el lugar perfecto; entró toda la cuadra.
Las mamás, sobre todo de quienes
conformaban el equipo, se apoderaron de un lugar, al fondo, en donde habían
instalado una batería de cocinas, ollas, cucharones y cubiertos, y no se
cansaban de asegurar que iba a haber comida para todos. El yerno de don Máximo
Castro, que distribuía cerveza al por mayor, donó algo de 10 cajas (estas,
entonces, eran de cartón).
Eran años en que se bailaban los
temas de Rulli Rendo, Los Pakines, Freddy Roland, Lisandro Meza, Fruko y sus
Tesos, Latin Brothers y Oscar de León. Me gustaba esta y toda clase de música,
pero solo me limitaba a escucharla, porque nunca había bailado. Una vergüenza, que
no sabía desde cuándo la tenía, me impedía hacerlo. Había pasado trece años en
ese plan y tal parecía que iba a seguir así, por siempre.
Esa mañana, como era de
suponerse, andaba detrás de Roxanita y la vigilaba guardando cierta distancia,
cada vez más enamorado. No me la acercaba más porque eso implicaba que debía
bailar y ya se sabe cómo andaba yo con esa cuestión en mi infantil humanidad. Ella
se la pasaba muy bien, conversando con las chicas y bailando con los muchachos
de la cuadra. En algunas ocasiones, maravillosas para mí, nuestras miradas se
habían cruzado; sin embargo, no vi en ella el menor atisbo de sorpresa o
reconocimiento. Tal parecía que los pocos minutos en que capté su atención
cuando fui sacado en hombros tras convertir el gol del triunfo, no hacía más de
tres días, no fue suficiente para que me reconociera.
Hubo un momento en que las chicas
habían salido a bailar entre ellas, pero al segundo, como sacados del sombrero
de un mago, aparecieron Pucha, Cachorro y Vago y cada uno cogió su pareja. Roxanita
había quedado sola, avergonzada, sin tener con quien bailar; miraba en su
rededor, en busca de algún solícito salvador. El destino o qué sé yo, me la estaba
cediendo en bandeja de plata, pero mis pies se inmovilizaron y empecé a sudar
frío, no podía mover ni una pestaña. Roxanita se me iba de las manos…
Y me retiré, odiándome como
nunca.
El festejo había empezado a eso
de las 10 de la mañana, y cuando todos tenían por seguro que se quedarían hasta
la madrugada, el Sr. Urbina anunció amablemente que agradecía la presencia de
todos pero que iba a tener que cerrar porque mañana era lunes y debía atender
su negocio desde temprano. De modo que los que quedaban se trasladaron a la
casa de Koky Castro, habida cuenta que Cachorro, su pequeño hermano, era uno de
los que habían conformado el equipo ganador.
Apenas enterado del nuevo local,
fui, decidido a bailar con Roxanita, sucediese lo que sucediese. Llegué y no vi
la por ningún lado. Eran cerca de las 11 de la noche. En la vida sus padres
iban a dejarla hasta esas horas. Pero yo estaba decidido a bailar a como diera
lugar. Y se dio el prodigio. Recuerdo que había empezado un tema de Lisandro
Meza, “Entre rejas” y de pronto vi que Nancy Castro, la Gata, que aparte de
tener los ojos de una angora, era muy bonita, la más codiciada entre los
muchachos de su edad, 20, 21 años. Me levanté tembloroso y empecé, todo hecho
sudor; debía tener la cara rojísima de la vergüenza, pero nadie lo notó, todos
estaban mareados; prácticamente, nadie me veía. Puse las manos a la altura de
la cintura, moviéndome lentamente; daba pasitos a mis lados y levantaba los
pies, alternativamente, a media altura, como cuando daba mis pases timoratos en
la cancha. Bailé cinco veces seguidas con Nancy. Luego lo hice con todas las
chicas, todas ellas mayores de edad.
Hasta que vi a mi viejita parada
en la puerta, Dejé todo y fui corriendo. “¿No piensas dormir?”, me dijo. “Ma,
estoy bailando. ¿No quería usted que dejara la vergüenza?”. “Si, ya te vi”, me
dijo. “Pero no demores mucho, ya va a ser la una de la mañana”.
Esa madrugada bailé hasta entrada
la mañana. Conforme había cogido mayor seguridad, mis pasos eran enérgicos, era
como si en cada baile pisoteara esa agobiante timidez que me había mantenido
acogotado esos años.
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