sábado, 11 de diciembre de 2021

 

TOMATE

Se llamaba Álvaro Rodríguez y sus amigos le decían Alvarito. Con ellos se reunía regularmente en la sastrería del señor Yupanqui, entre los que estaban Lalo, Carlos Zavaleta, el Italiano, el Pato, que hacía una parada de unos minutos y se iba a sus fiestas a las que nunca era invitado, Delmar Rodríguez y Velita, el eterno catador de la licorería San Ignacio.

Usaba gafas y guayabera blanca. Era robusto, de mediana estatura, y tenía la piel blanca, quizá por eso resaltaba su rostro colorado.

La verdad, no sé si escuchamos lo de “Tomate” de sus amigos o se nos ocurrió a uno de nosotros, los muchachitos de esa época. Era el sobrenombre que le caía como anillo al dedo. Y nosotros esperábamos la noche, a eso de las siete, cuando salía a la puerta de su casa a fumar su cigarrillo de siempre. Nos escondíamos entre los autos estacionados frente a su casa y en coro gritábamos “¡Tomate! ¡Tomate!” ¡Tomate!”. Pero Álvaro nunca se inmutó. Fue su arma, el de la indiferencia, con la que nos venció. Porque llegamos a cansarnos. La verdad, nos sentíamos idiotas. Se esperaba que nos buscara encolerizado o hiciera el amago de coger una piedra, pero siempre fue una estatua, solo con los movimientos regulares de llevarse el cigarrillo a los labios, aspirar y botar su larga bocanada de humo.

Mucho tiempo después, tras veinte años, lo volví a ver en una oficina del Gobierno Regional. Estaba a la espera de una resolución de creación de mi colegio, y me era urgente porque ya se iniciaban las labores educativas y no había cuándo me dieran el bendito documento. Me decían que estaba en la oficina del señor Rodríguez. Estaba encarpetado, como se dice en el argot administrativo. Siempre tuve que regresarme con esa negativa. Hasta que un día fui decidido a reclamarle al tal señor Rodríguez. Golpeé la puerta de vidrio y escuché “Adelante, por favor”. Entonces lo vi y quedé paralizado. Era nuestro famoso Tomate. Parecía como si los años se hubiesen detenido en su cara del color de un… De pronto, me vi con toda esa culpa infantil de haberlo insultado. No sé si era por lo que algunos llaman karma, pero estaba recibiendo el castigo que el azar del destino se encargaba de dármelo. Sentí vergüenza, y creo que tenía la cara bastante sonrojada.

-¿Eres del barrio Chira, verdad?

Ya no sabía dónde esconderme. Me había reconocido, pensé que siempre lo supo y era el momento de su venganza.

Pronto, me vi calmado, cuando me dijo:

-Me acuerdo que eras flaquito, ahora estás el doble.

Me reí sin ganas.

-Y usted es el señor…

-Tomate.

Sino fuera porque lanzó una sonora risa, no sé qué hubiera hecho. Sonreí avergonzado.

-Carambas, hombre, estamos entre vecinos. Además, esa era mi chapa.

El tiempo cambia a la gente, dicen, y los años habían hecho un formidable trabajo con Alvarito. Ya no era el colorado serio y muy caballerito. Ahora tenía enfrente a un tipo jovial, campechano. Quise abrazarlo.

-Aquí está tu resolución, y te felicito, ah. Vas a emprender un gran negocio educativo.

-Sí pues -le dije, ya más relajado -. Retuve su mano al despedirme.

-¿Nos tomamos una gaseosita, vecino?

Álvaro Tomate me miró fijamente. Su rostro había cambiado totalmente.

-Otro día –me dijo con toda la seriedad del mundo.

 

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