TOMATE
Se llamaba Álvaro Rodríguez y sus amigos le decían
Alvarito. Con ellos se reunía regularmente en la sastrería del señor Yupanqui,
entre los que estaban Lalo, Carlos Zavaleta, el Italiano, el Pato, que hacía
una parada de unos minutos y se iba a sus fiestas a las que nunca era invitado,
Delmar Rodríguez y Velita, el eterno catador de la licorería San Ignacio.
Usaba gafas y guayabera blanca. Era robusto, de
mediana estatura, y tenía la piel blanca, quizá por eso resaltaba su rostro
colorado.
La verdad, no sé si escuchamos lo de “Tomate” de sus
amigos o se nos ocurrió a uno de nosotros, los muchachitos de esa época. Era el
sobrenombre que le caía como anillo al dedo. Y nosotros esperábamos la noche, a
eso de las siete, cuando salía a la puerta de su casa a fumar su cigarrillo de
siempre. Nos escondíamos entre los autos estacionados frente a su casa y en
coro gritábamos “¡Tomate! ¡Tomate!” ¡Tomate!”. Pero Álvaro nunca se inmutó. Fue
su arma, el de la indiferencia, con la que nos venció. Porque llegamos a
cansarnos. La verdad, nos sentíamos idiotas. Se esperaba que nos buscara
encolerizado o hiciera el amago de coger una piedra, pero siempre fue una
estatua, solo con los movimientos regulares de llevarse el cigarrillo a los
labios, aspirar y botar su larga bocanada de humo.
Mucho tiempo después, tras veinte años, lo volví a ver
en una oficina del Gobierno Regional. Estaba a la espera de una resolución de
creación de mi colegio, y me era urgente porque ya se iniciaban las labores
educativas y no había cuándo me dieran el bendito documento. Me decían que
estaba en la oficina del señor Rodríguez. Estaba encarpetado, como se dice en
el argot administrativo. Siempre tuve que regresarme con esa negativa. Hasta
que un día fui decidido a reclamarle al tal señor Rodríguez. Golpeé la puerta
de vidrio y escuché “Adelante, por favor”. Entonces lo vi y quedé paralizado.
Era nuestro famoso Tomate. Parecía como si los años se hubiesen detenido en su
cara del color de un… De pronto, me vi con toda esa culpa infantil de haberlo
insultado. No sé si era por lo que algunos llaman karma, pero estaba recibiendo
el castigo que el azar del destino se encargaba de dármelo. Sentí vergüenza, y
creo que tenía la cara bastante sonrojada.
-¿Eres del barrio Chira, verdad?
Ya no sabía dónde esconderme. Me había reconocido,
pensé que siempre lo supo y era el momento de su venganza.
Pronto, me vi calmado, cuando me dijo:
-Me acuerdo que eras flaquito, ahora estás el doble.
Me reí sin ganas.
-Y usted es el señor…
-Tomate.
Sino fuera porque lanzó una sonora risa, no sé qué
hubiera hecho. Sonreí avergonzado.
-Carambas, hombre, estamos entre vecinos. Además, esa
era mi chapa.
El tiempo cambia a la gente, dicen, y los años habían
hecho un formidable trabajo con Alvarito. Ya no era el colorado serio y muy
caballerito. Ahora tenía enfrente a un tipo jovial, campechano. Quise
abrazarlo.
-Aquí está tu resolución, y te felicito, ah. Vas a
emprender un gran negocio educativo.
-Sí pues -le dije, ya más relajado -. Retuve su mano
al despedirme.
-¿Nos tomamos una gaseosita, vecino?
Álvaro Tomate me miró fijamente. Su rostro había
cambiado totalmente.
-Otro día –me dijo con toda la seriedad del mundo.
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