ELHIJO DE MANUEL ARÉVALO
El
hijo de Manuel Arévalo vivía en nuestra calle. Se llamaba Víctor Arévalo. Yo
sabía quién había sido Manuel Arévalo, porque siempre vi su retrato en la Casa
del Pueblo, el local del partido aprista. Lo sabía porque todas mis vacaciones
de la Primaria mi hermana me llevaba ahí a tomar algún curso de verano. Fue ahí
donde me enteré que había sido el segundo después del líder Víctor Raúl Haya de
la Torre, quien solía decir que Arévalo sería quien lo reemplazara en la
jefatura del partido en acaso le ocurriera algún percance fatal. La designación
no era gratuita; Víctor Arévalo se lo merecía con creces.
Don
Víctor era un tipo alto, delgado y tenía los ojos verdes de su padre. A
propósito, casi todos sus hijos reprodujeron ese gen, al punto que a Carlos,
uno de sus hijos, lo conocíamos como “Gato”.
No
tuve trato directo con don Víctor, pero sabía que era buena persona, muy solidario
y bastante sencillo. Podría asegurar que desde esos años ya tenía la fábrica de
losetas, porque fue la empresa que sus hijos continuaron muchos años después.
Una fría
mañana, un auto enorme, pintado de negro y con lunas polarizadas, se estacionó frente
a su puerta. Dos tipos altos entraron en su casa, mientras otro, de porte
militar y con lentes oscuros, se puso en guardia, afuera, los brazos cruzados,
el rostro adusto. A la media hora, don Víctor salía acompañado de sus hijos y
de su esposa. Le pudieron alcanzar solo un saco y el maletín James Bond que
solía portar. La esposa y los hijos de don Víctor no dejaron de hacerle adiós
con las manos hasta que el oscuro auto se perdió al tomar la avenida.
Era
1985 y el partido aprista había asumido al gobierno. El presidente, un
jovencísimo Alan García, a la semana de su asunción, llamó al ministro de
Economía, Luis Alva Castro, y le dijo: “Lucho, desde hoy vas a tener a un
asesor de lujo en tu cartera. Se trata del hijo del gran Manuel Arévalo. ¿Te
das cuenta?”.
La
verdad, en la calle nadie se dio cuenta de tan alto cargo al que había accedido
don Víctor. Y él contribuyó a ello. Nunca ostentó y no presumió de nada. Las
veces que volvía a Trujillo rechazaba los ostentosos carros diplomáticos y
solía llegar a su casa en un taxi ocasional. Quien lo veía, con su acostumbrada
guayabera y el pantalón de corte simple, le seguía teniendo como el mismo
vecino de siempre, quien no dejó de lavar su auto o de reparaba alguna avería.
Eran estas ocasiones, cuando lo veía enfundado en un overol y su franela roja,
parecía ver al mismísimo Manuel Arévalo, de cuando cumplía sus labores de
mecánico en las haciendas del Valle.
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