El taller que el
señor Nassi, el herrero de la cuadra, había dejado, fue adquirido por don Luis
Noriega, vecino de la calle Napo. Don Lucho era lo que ahora se llama un
emprendedor, pues se había hecho de un considerable capital con el negocio de
la venta de leche, él y sus hijos.
Casi sin darnos
cuenta, tuvimos de pronto un hotel que había aprovechado de una forma admirable
los cuatro metros de frontera por veinte metros de fondo.
El nombrecito, Shiraton,
aprovechaba el de nuestra calle (Chira) y aludía al del famoso hotel limeño
Sheraton.
De entrada, hacia la
izquierda, se accedía a un semisótano
que conducía a un minibar y cocina. Por el lado derecho un breve graderío
llevaba a la recepción y las tres habitaciones. Del segundo al tercer piso
había en cada uno de ellos cuatro holgados dormitorios.
El edificio había
sido apadrinado por el entonces presidente regional Juan de Dios Cubas Cava a
fines de 1989 con una fiesta de inauguración bastante fructífera en cerveza y
comida. Cuando ingresé a trabajar en el hotel, a principios de 1990, todavía
había algunas cajas de botellas pequeñas.
Lucho Noriega hijo
era quien administraba el establecimiento y allí llegaban sus amigos que, como
él, eran corredores de auto profesionales, además de algunas chicas muy bonitas
que solían acompañarlos. Aquel año murió uno de ellos, Mañuco Ganoza, en un
accidente automovilístico.
Las habitaciones
erran muy cómodas y todas tenía baño propio, algo de lo que solo pocos hostales
podían darse el lujo. Y aún me sorprendo cómo es que en tan poco espacio las
habitaciones pudieron ser tan bien diseñadas.
Ese año,
prácticamente me la pasaba todo el día allí, incluso me quedaba en una de las habitaciones.
Recuerdo que aún estaba en la universidad y me la pasaba toda la mañana en los
estudios y al regresar, por la tarde, me internaba en el hostal y no salía
hasta el otro día. Hacía de todo, era cuartelero (el encargado de la limpieza)
hasta atendía en la recepción.
Ahora que he
regresado al barrio, después de 30 años, y al ver este pequeño edificio he
tenido un sentimiento de tristeza por la manera como lo he encontrado, sin
ningún asomo de su esplendor inicial.
Y ahí está, triste y
olvidado, el hotel Shiraton, en cuyo interior viví todo un año de experiencias.