sábado, 11 de diciembre de 2021

 

LA IGLESIA DE LA ESQUINA Y NUESTROS PRIMEROS TEMORES RELIGIOSOS

Yo tenía  siete años y estaba en transición. Era el primer grado con el que se empezaba la Primaria. Mi escuela se llamaba Ramón Corcuera Salazar y estaba a un costado de la iglesia San Pedro Nolasco, a unas tres cuadras de mi calle. La misma edad tenía César Aguirre y Juan Vigo, mi primo. Estudiábamos en la misma escuela y solíamos ir juntos. Tomábamos regularmente la calle Unión, aunque otras veces, la avenida Perú. Preferíamos ir por la Unión porque en la esquina había una iglesia cristiana, y nos habíamos acostumbrado a golpear su portón, más que todo para alejarnos a la carrera, cosa que nos favorecía para llegar temprano a la escuela.

Nuestra travesura llegaba a más por las noches, a eso de las siete, cuando el portón se mantenía abierto mientras duraba el culto. Entrábamos despacito y en el silencio de los rezos lanzábamos nuestros gritos, unas veces era la imitación de un animal, otras, el grito de tarzán, y nos salíamos a la carrera. Fue tan evidente nuestra rutina que lo que iba a suceder era lo que se esperaba. Una noche, apenas entramos, y nos disponíamos a proferir nuestros guturales gritos, el portón se cerró detrás de nosotros. Dos hombres, vestidos de terno, se interpusieron en nuestra salida. Se acercó una señora y nos llevó a la primera banca. El pastor nos dio la bienvenida y nos presentó como nuevos integrantes de la congregación.  Todos aplaudieron y nos daban la bienvenida. Esa noche, como buenos niños, estuvimos queditos escuchando al pastor, mientras pensábamos cómo íbamos a hacer para salir. El hecho es que nos gustó la prédica y nos olvidamos de todo. Al salir, quisimos disculparnos. “Lo mejor disculpa será que nos acompañen este domingo”, dijo el pastor. Nos tomaron nuestras direcciones. Si no vienen vamos a ir a sus casas. Ese domingo no esperamos que nos llevaran, a las 9 de la mañana estábamos ingresando, bien peinados y vestidos de camisa blanca, como nos habían dicho. Se acercó una joven, a la que llamaban hermana Elvira, recuerdo perfectamente el nombre. Nos llevó a una habitación en el segundo piso. Vimos que había más niños como nosotros. Antes de que apagara la luz, la hermana Elvira dijo que estábamos en la escuelita dominical y que en ese momento íbamos a ver cine. Empezó el barullo por el anuncio, incluso aplaudimos, muy sonrientes. Y lo que vimos fue algo horripilante, se veían a personas que eran lanzados al fuego, otros se quemaban, gritaban. Fue atroz. Nos buscábamos entre la oscuridad, los que nos mantenía seguros a César, a Juan y a mí, es que estábamos juntos. Por ahí se escuchó que alguien lloraba. Así que la hermana Elvira dijo que nos calmáramos. Entonces empezamos a ver a personas viviendo entre nubes, en donde todo era alegría, calma.

Cuando terminó la película, la hermana nos preguntó: “¿En dónde había tranquilidad y todos estaban bien? Repetimos que los que vivían entre las nubes. “Ese lugar es el cielo. ¿Vieron cómo vivían los otros? En la candela, en medio del lamento. Ese es el infierno. Allí van los que se portan mal. Arriba, en el cielo, están junto a los ángeles, junto a Diosito, viviendo muy felices”. Enmudecidos por las imágenes del infierno, realmente asustados, tuvimos que decir en coro que mejor se vive en el cielo, cuando ella dijo en dónde queremos vivir.  “Entonces, ya saben, desde ahora, para que vayan al cielo, tienen que portarse bien, hacer caso a su mamá, hacer las tareas, ¿sí?”.

Me acuerdo que llegué a mi casa diciéndole a mi mama qué era o qué podía hacer. “¿Que mosca te ha picado”. Entonces abracé a mi madre, realmente conmovido. “Mamá, sabías que si nos portamos mal nos vamos a ir al infierno?” “¿Sabes qué? Mejor anda afuera a jugar pelota con tus amigos, ¿ya?”

Desde esa vez no volvimos a golpear el portón de la iglesia, ni a gritar como locos. Al contrario, evitábamos pasar por ahí. No fuera que el mismo diablo nos jalara y no nos dejara salir.

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