SE APLICAN AMPOLLAS
En los años 70 era común que en
algunas calles se encontrara una casa con el rótulo de “Se aplican ampollas”.
Hasta se dictaban cursos especiales para el ejercicio de tan noble oficio. Lo
dictaban regularmente en la Cruz Roja, en la esquina de Junín con la avenida
España; no sé si aún conservan el lugar. Decían que tras las primeras
lecciones, procedían a practicar los pinchazos en naranjas, hasta que lo hacían
entre los alumnos. No sé si sería cierto, ni qué se inyectarían. Me da
escalofríos pensar en eso.
Mi calle no fue la excepción:
teníamos una casa en donde se aplicaban, era la de los Cavero. De hecho, se
forjaron dos generaciones. La empezó doña Ivón. En su puerta pintada de blanco
sobresalía el rotulito en cartulina con letras negras. Eran esos tiempos en que
aún no aparecían las ampollas desechables; las de aquel tiempo eran de un
vidrio grueso, refractario y regularmente se las esterilizaban en agua
hirviendo.
Doña Ivón mantenía su sala
cerrada pero se procuraba el aire adecuado con una de las ventanas abiertas. No
asombrábamos de que los ocupantes, en mayoría, provenían de otras calles, y el
común de sus opiniones era de que la vecina “tenía buenas manos”, ya que no
sentían dolor mientras o después de penetrar la aguja, fuese en el brazo o en
la nalga. Doña Ivón cumplía el servicio en un abrir y cerrar de ojos, de manera
que no necesitaba acostar al paciente para el pinchazo en la nalga.
Supe de este procedimiento cuando
pasaban de casualidad por la ventana. Me empiné y pude ver el momento en que la
vecina aplicaba una inyección en ese lugar pudibundo de una muchacha. Se lo
conté al grupo. Al día siguiente, Chicamero ya estaba merodeando la casa de
doña Ivón, esperando que una chica entrase por su ampolla. En realidad,
habíamos quedado en que nos avisara para que corriéramos y viéramos esa parte
pudorosa, vetada para nuestra edad. Ese día cometimos lo que se llama ahora
como atentado a la intimidad. Desde luego, no se piense que lo que hacíamos era
cosas de muchachos. Sabíamos lo que hacíamos. Y también supimos que estábamos
en problemas cuando nos cogió in fraganti el policía que venía a recoger a su
muchachita que había venido por una ampolla y de quien habíamos violando su
intimidad.
Esas horas que pasamos en la
comisaría de Ayacucho nos fueron eternas. Nos veíamos en La Floresta, la
correccional de Trujillo. Así nos lo dijo el efectivo, el padre de la chica.
Chicamero, Vago, Vikingo, Cachorro y yo pasamos por el peor momento de nuestra
vida. Hasta que vinieron nuestros padres a pedir disculpas por el hecho, y nos
liberaron.
Sabía que el encolerizado rostro de mi madre
regañándome delante de todos, pronto volvería a su acostumbrada dulzura. Así
fue. Solo me dijo “Semejante tonto, ¿cómo se te ocurre hacer estas cosas”. Era
el nivel de reprimenda a la que llegaba cuando me quería ponerme en razón.
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