sábado, 11 de diciembre de 2021

 

SE APLICAN AMPOLLAS

En los años 70 era común que en algunas calles se encontrara una casa con el rótulo de “Se aplican ampollas”. Hasta se dictaban cursos especiales para el ejercicio de tan noble oficio. Lo dictaban regularmente en la Cruz Roja, en la esquina de Junín con la avenida España; no sé si aún conservan el lugar. Decían que tras las primeras lecciones, procedían a practicar los pinchazos en naranjas, hasta que lo hacían entre los alumnos. No sé si sería cierto, ni qué se inyectarían. Me da escalofríos pensar en eso.

Mi calle no fue la excepción: teníamos una casa en donde se aplicaban, era la de los Cavero. De hecho, se forjaron dos generaciones. La empezó doña Ivón. En su puerta pintada de blanco sobresalía el rotulito en cartulina con letras negras. Eran esos tiempos en que aún no aparecían las ampollas desechables; las de aquel tiempo eran de un vidrio grueso, refractario y regularmente se las esterilizaban en agua hirviendo.

Doña Ivón mantenía su sala cerrada pero se procuraba el aire adecuado con una de las ventanas abiertas. No asombrábamos de que los ocupantes, en mayoría, provenían de otras calles, y el común de sus opiniones era de que la vecina “tenía buenas manos”, ya que no sentían dolor mientras o después de penetrar la aguja, fuese en el brazo o en la nalga. Doña Ivón cumplía el servicio en un abrir y cerrar de ojos, de manera que no necesitaba acostar al paciente para el pinchazo en la nalga.

Supe de este procedimiento cuando pasaban de casualidad por la ventana. Me empiné y pude ver el momento en que la vecina aplicaba una inyección en ese lugar pudibundo de una muchacha. Se lo conté al grupo. Al día siguiente, Chicamero ya estaba merodeando la casa de doña Ivón, esperando que una chica entrase por su ampolla. En realidad, habíamos quedado en que nos avisara para que corriéramos y viéramos esa parte pudorosa, vetada para nuestra edad. Ese día cometimos lo que se llama ahora como atentado a la intimidad. Desde luego, no se piense que lo que hacíamos era cosas de muchachos. Sabíamos lo que hacíamos. Y también supimos que estábamos en problemas cuando nos cogió in fraganti el policía que venía a recoger a su muchachita que había venido por una ampolla y de quien habíamos violando su intimidad.

Esas horas que pasamos en la comisaría de Ayacucho nos fueron eternas. Nos veíamos en La Floresta, la correccional de Trujillo. Así nos lo dijo el efectivo, el padre de la chica. Chicamero, Vago, Vikingo, Cachorro y yo pasamos por el peor momento de nuestra vida. Hasta que vinieron nuestros padres a pedir disculpas por el hecho, y nos liberaron.

 Sabía que el encolerizado rostro de mi madre regañándome delante de todos, pronto volvería a su acostumbrada dulzura. Así fue. Solo me dijo “Semejante tonto, ¿cómo se te ocurre hacer estas cosas”. Era el nivel de reprimenda a la que llegaba cuando me quería ponerme en razón.

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