LOS HELADOS D’ONOFRIO SE FABRICABAN EN MI CALLE
Por muchos años, hasta que entré a la escuela, creí que
en mi calle funcionaba la fábrica de helados D’Onofrio, que allí se preparaban
esos populares y deliciosos helados que publicitaba la radio y la tele.
El local estaba enfrente de Frenos Chira y ocupaba algo
de 30 metros de frontera. El hecho que desde muy temprano salieran muchos,
muchos triciclos llenos de helados, me reforzó la idea de que era en ese lugar
en donde se los hacían.
La pared era bien alta, debería ser como de seis, siete
metros. La inmensa fachada tenía la figura del sol que sostenía un helado en
uno de sus rayos. Tenía un solo portón
de entrada, también inmenso, siempre pintado de azul, en cuya puerta pequeña solía
estar Eustaquio, el vigilante, un hombre de mediana edad, que solía desplazarse
en bicicleta, y prácticamente vivía allí. Si salía era porque solo así podía
impedir que siguiéramos teniendo de arco el inmenso portón. Eustaquio solo nos
miraba jugar y no hacía ningún ademán por quitarnos la pelota ni decirnos que
nos vayamos; su muda presencia era la mejor manera de decir que nos fuéramos a
otro lugar.
Me gustaba ver, a eso de las cinco a seis de la tarde, el
desfile del ejército de heladeros con sus triciclos vacíos, cansados,
sudorosos, satisfechos. Era la hora en que parábamos el juego porque era tal el
tumulto de heladeros y sus máquinas, que ocupaban toda la calle.
El dueño del depósito -ahora sabemos que era solo eso-
era un tipo grueso, siempre de terno, achinado y con un cabello
inalterablemente embadurnado en Glostora, el aceitillo que las bodegas vendían
por copas y que era para mantener lustroso y asentado el cabello de los
varones. Porque Glostora, y no aceitillo, era lo que debía usar este señor, que
solía venir en un inmenso auto rojo y siempre acompañado de su esposa (nunca se
hizo acompañar por niños; ahora que lo pienso, no debieron tenerlos).
Lo que más resaltaba en esta señora no era su piel
blanquísima, ni su abultado peinado ni sus pestañas larguísimas y sus labios
pintados de un rojo intenso. Lo que más nos llamaba la atención era su
dimensional gordura, que no se mostraba en su barriga, que era asombrosamente delgada,
sino en sus brazos y piernas. Era tanto el volumen de sus carnes, que sus
miembros parecían duplicarse. Fue este evidente detalle el que llevó a un vago
a ponerle el mal nombre de Ochoculos. Y era este sobrenombre el que usábamos, y
en coro, para desfogar nuestra cólera, cuando esta mujer nos mandaba a buen
lugar al pillarnos golpeando el portón o la pared del depósito.
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