sábado, 11 de diciembre de 2021

 

LOS HELADOS D’ONOFRIO SE FABRICABAN EN MI CALLE

Por muchos años, hasta que entré a la escuela, creí que en mi calle funcionaba la fábrica de helados D’Onofrio, que allí se preparaban esos populares y deliciosos helados que publicitaba la radio y la tele.

El local estaba enfrente de Frenos Chira y ocupaba algo de 30 metros de frontera. El hecho que desde muy temprano salieran muchos, muchos triciclos llenos de helados, me reforzó la idea de que era en ese lugar en donde se los hacían.

La pared era bien alta, debería ser como de seis, siete metros. La inmensa fachada tenía la figura del sol que sostenía un helado en uno de sus rayos.  Tenía un solo portón de entrada, también inmenso, siempre pintado de azul, en cuya puerta pequeña solía estar Eustaquio, el vigilante, un hombre de mediana edad, que solía desplazarse en bicicleta, y prácticamente vivía allí. Si salía era porque solo así podía impedir que siguiéramos teniendo de arco el inmenso portón. Eustaquio solo nos miraba jugar y no hacía ningún ademán por quitarnos la pelota ni decirnos que nos vayamos; su muda presencia era la mejor manera de decir que nos fuéramos a otro lugar.

Me gustaba ver, a eso de las cinco a seis de la tarde, el desfile del ejército de heladeros con sus triciclos vacíos, cansados, sudorosos, satisfechos. Era la hora en que parábamos el juego porque era tal el tumulto de heladeros y sus máquinas, que ocupaban toda la calle.

El dueño del depósito -ahora sabemos que era solo eso- era un tipo grueso, siempre de terno, achinado y con un cabello inalterablemente embadurnado en Glostora, el aceitillo que las bodegas vendían por copas y que era para mantener lustroso y asentado el cabello de los varones. Porque Glostora, y no aceitillo, era lo que debía usar este señor, que solía venir en un inmenso auto rojo y siempre acompañado de su esposa (nunca se hizo acompañar por niños; ahora que lo pienso, no debieron tenerlos).

Lo que más resaltaba en esta señora no era su piel blanquísima, ni su abultado peinado ni sus pestañas larguísimas y sus labios pintados de un rojo intenso. Lo que más nos llamaba la atención era su dimensional gordura, que no se mostraba en su barriga, que era asombrosamente delgada, sino en sus brazos y piernas. Era tanto el volumen de sus carnes, que sus miembros parecían duplicarse. Fue este evidente detalle el que llevó a un vago a ponerle el mal nombre de Ochoculos. Y era este sobrenombre el que usábamos, y en coro, para desfogar nuestra cólera, cuando esta mujer nos mandaba a buen lugar al pillarnos golpeando el portón o la pared del depósito.

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