sábado, 11 de diciembre de 2021

HOTEL SHIRATON

 


El taller que el señor Nassi, el herrero de la cuadra, había dejado, fue adquirido por don Luis Noriega, vecino de la calle Napo. Don Lucho era lo que ahora se llama un emprendedor, pues se había hecho de un considerable capital con el negocio de la venta de leche, él y sus hijos.

Casi sin darnos cuenta, tuvimos de pronto un hotel que había aprovechado de una forma admirable los cuatro metros de frontera por veinte metros de fondo.

El nombrecito, Shiraton, aprovechaba el de nuestra calle (Chira) y aludía al del famoso hotel limeño Sheraton.

De entrada, hacia la izquierda,  se accedía a un semisótano que conducía a un minibar y cocina. Por el lado derecho un breve graderío llevaba a la recepción y las tres habitaciones. Del segundo al tercer piso había en cada uno de ellos cuatro holgados dormitorios.

El edificio había sido apadrinado por el entonces presidente regional Juan de Dios Cubas Cava a fines de 1989 con una fiesta de inauguración bastante fructífera en cerveza y comida. Cuando ingresé a trabajar en el hotel, a principios de 1990, todavía había algunas cajas de botellas pequeñas.

Lucho Noriega hijo era quien administraba el establecimiento y allí llegaban sus amigos que, como él, eran corredores de auto profesionales, además de algunas chicas muy bonitas que solían acompañarlos. Aquel año murió uno de ellos, Mañuco Ganoza, en un accidente automovilístico.

Las habitaciones erran muy cómodas y todas tenía baño propio, algo de lo que solo pocos hostales podían darse el lujo. Y aún me sorprendo cómo es que en tan poco espacio las habitaciones pudieron ser tan bien diseñadas.

Ese año, prácticamente me la pasaba todo el día allí,  incluso me quedaba en una de las habitaciones. Recuerdo que aún estaba en la universidad y me la pasaba toda la mañana en los estudios y al regresar, por la tarde, me internaba en el hostal y no salía hasta el otro día. Hacía de todo, era cuartelero (el encargado de la limpieza) hasta atendía en la recepción.

Ahora que he regresado al barrio, después de 30 años, y al ver este pequeño edificio he tenido un sentimiento de tristeza por la manera como lo he encontrado, sin ningún asomo de su esplendor inicial.

Y ahí está, triste y olvidado, el hotel Shiraton, en cuyo interior viví todo un año de experiencias.

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