DON NASSI, EL HERRERO DE LA CUADRA
Los años modernos y su invasión de casas de cemento y
ladrillo, autos cuyo número iba en aumento, modas de jeans y vestidos altos y bikinis
de colores en las playas y patinetas y walkman y música cada vez más estridente,
lo tenían sin cuidado a Don Nassi, el herrero de la cuadra. Lo tenía sin
cuidado o, simplemente, lo ignoraba desarrollando un oficio que el tiempo empezaba
a desaparecer.
Aunque su nombre completo era Carlos Nassi, todos lo llamábamos
por su apellido. Muy temprano, abría con esfuerzo las dos hojas de la vieja
puerta de madera, cada vez más asentada
por el tiempo y la fatiga material. Vivía solo pero tenía siempre a su lado un
perro pastor alemán. Alto, encorvado por la edad, la frente ocupada por
arrugas, conservaba una incipiente barba cana y el cabello corto, también del
color de la nieve. Lo recuerdo siempre vestido de un pantalón que alguna vez
fue azul y un bivirí que difícilmente podía mantener blanco en todo el día por
el sudor y la herrumbre de los metales.
Después de que barría su taller, cuyo piso era de tierra,
encendía la fragua, avivando el fuego con su viejo fuelle de cuero. Y entonces,
cuando el brasero mostraban la ardiente combustión del carbón, con el metal que
debía forjar, y ya se escuchaba el crepitar del fuego, empezaba Don Nassi con
los incesantes golpes del martillo contra el hierro incandescente, el chasquido
del metal al contacto del agua, y nuevamente el rítmico golpeteo contra el
yunque. A un rincón, recostados a la pared, estaban las verjas, palas, rejillas,
barandas, candelabros terminados, listos para su entrega.
Por las tardes se entregaba al solaz del silencio y la
calma del martillo y el yunque, y veía El Gran Chaparral y las series de época
en su inseparable televisor blanco/negro de 12 pulgadas. Eran las veces en que
se le veía dormitando sin problema, seguro de contar con el decidido cuidado de
su pastor alemán, que empezaba a gruñir y a ladrar apenas ingresaba algún
extraño. (De esto podrá dar cuenta el inquieto Cherry, que entró a recoger su
pelota, pero que tuvo que retroceder cuando el perro se le lanzó encima,
saliendo con el trasero de su pantalón rasgado, aunque más asustado que adolorido).
Sin embargo, cuando dos ancianos ingresaban al taller, el
pastor no dejaba de menear la cola. Los conocía de años atrás. Eran los que lo
habían criado desde pequeño, y lo habían traído a que acompañase al anciano. Eran
los hermanos de Don Nassi, los dueños de Carrocerías Nassi, muy conocida
aquellos años. Además, creo, tenían una flota de traylers. Iban regularmente a
verlo y a insistirle que vendiera el inmueble y siguiera una vida digna al lado
de ellos y sus nietos. Don Nassi siempre se mostró reacio, y terminaba diciendo
que solo muerto lo iban a sacar de allí.
Pero un día ya no se le vio abrir su taller, y los
vecinos nos cansábamos de preguntar qué había sido de nuestro peculiar herrero.
Algunos aseguraban haberlo visto abandonando el lugar acompañado de un grupo de
personas, al parecer sus familiares, y que antes de abandonar su taller, don
Nassi, conmovido y tembloroso, le dio un último vistazo extendiendo con energía
ambos brazos, a modo de despedida.
Lo cierto es que, a los pocos días, unos albañiles echaron
abajo la vieja edificación de adobe y barro y empezaron a construir las bases
de lo que sería el hotel Shiraton, nombrecito que aludía al hotel Sheraton de
Lima. Y esa es ya otra historia.
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