sábado, 11 de diciembre de 2021

 

DON NASSI, EL HERRERO DE LA CUADRA

Los años modernos y su invasión de casas de cemento y ladrillo, autos cuyo número iba en aumento, modas de jeans y vestidos altos y bikinis de colores en las playas y patinetas y walkman y música cada vez más estridente, lo tenían sin cuidado a Don Nassi, el herrero de la cuadra. Lo tenía sin cuidado o, simplemente, lo ignoraba desarrollando un oficio que el tiempo empezaba a desaparecer.

Aunque su nombre completo era Carlos Nassi, todos lo llamábamos por su apellido. Muy temprano, abría con esfuerzo las dos hojas de la vieja puerta de madera,  cada vez más asentada por el tiempo y la fatiga material. Vivía solo pero tenía siempre a su lado un perro pastor alemán. Alto, encorvado por la edad, la frente ocupada por arrugas, conservaba una incipiente barba cana y el cabello corto, también del color de la nieve. Lo recuerdo siempre vestido de un pantalón que alguna vez fue azul y un bivirí que difícilmente podía mantener blanco en todo el día por el sudor y la herrumbre de los metales.

Después de que barría su taller, cuyo piso era de tierra, encendía la fragua, avivando el fuego con su viejo fuelle de cuero. Y entonces, cuando el brasero mostraban la ardiente combustión del carbón, con el metal que debía forjar, y ya se escuchaba el crepitar del fuego, empezaba Don Nassi con los incesantes golpes del martillo contra el hierro incandescente, el chasquido del metal al contacto del agua, y nuevamente el rítmico golpeteo contra el yunque. A un rincón, recostados a la pared, estaban las verjas, palas, rejillas, barandas, candelabros terminados, listos para su entrega.

Por las tardes se entregaba al solaz del silencio y la calma del martillo y el yunque, y veía El Gran Chaparral y las series de época en su inseparable televisor blanco/negro de 12 pulgadas. Eran las veces en que se le veía dormitando sin problema, seguro de contar con el decidido cuidado de su pastor alemán, que empezaba a gruñir y a ladrar apenas ingresaba algún extraño. (De esto podrá dar cuenta el inquieto Cherry, que entró a recoger su pelota, pero que tuvo que retroceder cuando el perro se le lanzó encima, saliendo con el trasero de su pantalón rasgado, aunque más asustado que adolorido).

Sin embargo, cuando dos ancianos ingresaban al taller, el pastor no dejaba de menear la cola. Los conocía de años atrás. Eran los que lo habían criado desde pequeño, y lo habían traído a que acompañase al anciano. Eran los hermanos de Don Nassi, los dueños de Carrocerías Nassi, muy conocida aquellos años. Además, creo, tenían una flota de traylers. Iban regularmente a verlo y a insistirle que vendiera el inmueble y siguiera una vida digna al lado de ellos y sus nietos. Don Nassi siempre se mostró reacio, y terminaba diciendo que solo muerto lo iban a sacar de allí.

Pero un día ya no se le vio abrir su taller, y los vecinos nos cansábamos de preguntar qué había sido de nuestro peculiar herrero. Algunos aseguraban haberlo visto abandonando el lugar acompañado de un grupo de personas, al parecer sus familiares, y que antes de abandonar su taller, don Nassi, conmovido y tembloroso, le dio un último vistazo extendiendo con energía ambos brazos, a modo de despedida.

Lo cierto es que, a los pocos días, unos albañiles echaron abajo la vieja edificación de adobe y barro y empezaron a construir las bases de lo que sería el hotel Shiraton, nombrecito que aludía al hotel Sheraton de Lima. Y esa es ya otra historia.

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