EL SASTRE YUPANQUI
Su nombre era Abelardo Yupanqui, pero
lo conocíamos como don Yupanqui, siguiendo la costumbre tan peruana de
anteponer el don al apellido. Era el sastre de la cuadra. Moreno, de bigote,
pelo hirsuto y de mediana estatura, se le veía siempre de buen carácter.
Residía en Palermo, a dos cuadras del parque 9 de Octubre, y todas las mañanas,
a eso de las siete, llegaba y abría la puerta enrollable. Una rutina que,
imagino, venía repitiendo desde hacía unos veinte años. Dentro se hospedaba don
Pedro, su ayudante, un hombre de pelo escaso y lentes; debería tener algo de 60
años, a principios de los años 80.
La sastrería estaba a mitad de la
calle, entre la tienda de don Máximo y la quinta Zafra. Era pequeña, de unos 12
metros cuadrados. Pero algún maestro de obra –acaso fue idea del señor
Yupanqui-, había construido un curioso altillo encima de la máquina de coser y el
planchador. Siempre que entraba, no dejaba de ver la estructura; me figuraba
que se iba a venir abajo; pero era maciza, con unas columnetas de soporte. En
ese altillo trabajaba don Pedro, debería de ocuparse de los hilvanados o
cortes. Casi nunca bajaba, quizá solo a comer o ir al baño. Era ahí donde había
dispuesto su cama. Lo supongo. Era un tipo sumamente callado. Siempre me
intrigó su personalidad.
Por las noches, era el punto de
encuentro de esa generación que nos llevaba algo de diez años: Lalo, un
muchacho venido de otro barrio; Pato, que vivía en Arequipa, la calle contigua
a la nuestra, que siempre andaba de paso, bien cambiado, porque tenía la
costumbre de llegar a cuanta fiesta había en la ciudad; Carlos Zavaleta (mis
hermanas le decían Carlos Bimbo, por el nombre de su inseparable perro);
Benjamín, al que llamaban Velita, por su contextura delgada; el Italiano, quien
solía vestir de blanco y creo que era de hablar muy sofisticado; Álvaro
Rodríguez, al que llamábamos a escondidas “tomate”, por lo colorado de su
rostro; Roger Zavaleta, Emilio Castro y los hermanos Arévalo.
Muchos vecinos acudíamos a la
sastrería, no por un servicio de confección, sino porque don Yupanqui era uno
de los poquísimos que tenían teléfono; y tal parece que el servicio le daba una
nada despreciable suma, pues cobraba por llamada de tres minutos unos 50 intis
(la moneda habitual de los 80).
Una de esas mañanas en que
llegaba don Yupanqui a abrir su establecimiento se dio con la más terrible
experiencia. Desde luego, no presencié los pormenores, pero me imagino lo que
pasaría apenas había subido la puerta enrollable. Encontró parado, frente a él,
a don Pedro, sin los lentes, balanceándose sobre sus piernas abiertas, el pelo
enmarañado y los ojos fijos. Esto me imagino lo que pasó, antes de que don
Pedro se le lanzara encima y atenazara sus manos en el cuello. Fueron los
gritos aterradores de don Yupanqui los que nos llevó a ver qué pasaba. Lo
recuerdo tirado sobre el suelo, los ojos saltones, tratando desesperadamente de
librarse de don Pedro que se resistía a soltar sus manos. Fue necesario que don
Pedro Dávalos, Álvaro Rodríguez y Emilio
Castro juntaran fuerzas para retirar en vilo a don Pedro, que solo se limitaba
a gruñir como un animal enfadado.
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