viernes, 3 de abril de 2020

¿TRUJILLO ES LINDO?



     
 No es que sea un antitrujillanista extremado, pero desisto de dar un ‘like’ y comentar cuando me doy en el ciberespacio con  la trillada foto de la plaza de Armas, bien ordenadita con su estatua de la libertad y sus veredas y bancas relucientes, y sus árboles siempre frescos y verdosos, y una catedral toda bien pintadita, acompañada del estribillo «Trujillo es lindo, ¿di?» o algo parecido.
            Para empezar, el cercado de Trujillo no es lindo desde que enrejaron sus iglesias y privaron a los vecinos de sus bancas y de sus árboles; desde que la desidia de algunos directivos del Instituto Regional de Cultura dejó que el tiempo envejeciera más las casonas coloniales o republicanas y solo atinaran a apuntalar sus paredes con endebles vigas ante la arremetida irremediable de la fatiga material, al punto de tener una especie de barricada en calles como San Martín, Orbegoso o Bolívar; o que dejaran que las derruyeran y las convirtieran en centros comerciales o cocheras, aunque algunas fueron salvadas y conservadas por instituciones privadas o públicas, como lo hizo el Banco Central de Reserva del Perú con la Casa Urquiaga, EsSalud con la Casa Bracamonte o el Banco Continental con la Casa de la Emancipación, por citar a algunas. No es bonito Trujillo cuando aún tenemos el paseo peatonal de Pizarro (cuadra 5) y el Jirón Gamarra (cuadras 5, 6 y 7) lleno de mendigos y de vendedores ambulantes, aparte del pandemonio peatonal que hay en la calle Atahualpa en el límite con la avenida España, ocasionado por vendedores ambulantes que fueron desalojados de las inmediaciones del centro comercial El Virrey.
            No estoy de acuerdo con los videos de Trujillo en los que solo se muestran las casonas (las bien conservadas, claro) sus calles, algún atractivo turístico que siempre es la ciudadela Chan Chan, el balneario de Huanchaco con sus caballitos de totora y su muelle y las huacas del Sol y de la Luna, y dicen que ese es Trujillo. Desde luego, las imágenes valen para fines turísticos. Mientras los visitantes solo recorran el centro histórico no habría problema. Porque Trujillo es también la avenida Los Incas y su embotellamiento infernal a la altura del mercado mayorista. Trujillo son esas tradicionales y conocidas calles de Chicago, El Alambre, Aranjuez y El Molino y sus personajes de temible talante; son esos jóvenes noctámbulos y sus enardecidas reuniones nada sobrias en parques de ciertas urbanizaciones; son esas calles cuyo pavimento levantado por la municipalidad desde hace muchos meses con la promesa de su ‘pronta’ renovación, han impuesto un paisaje tipo desierto; son los exteriores del mercado La Rinconada y calles adyacentes cuyas veredas han sido tomadas por asalto por cientos de comerciantes de compra y venta de ropa usada.
            Trujillo es también la ciudad de la inseguridad. Los robos, asaltos y asesinatos casi a diario lo están revelando como un lugar nada tranquilo para habitar. Ahora la gente lleva lo mínimo en la billetera y procura no hacer gala de ropa o zapatillas de marca para evitar que se los roben en plena calle y que regresen a casa descalzos y semidesnudos, sin un céntimo para el taxi. Cuando las familias van a almorzar o a cenar a un restaurante deben ir premunidos de un plan de contingencia en caso sean los próximos asaltados: «No mirar al delincuente, entregar celular, billetera, relojes; mantener la calma, no hacerse los héroes…». No es broma.
            Sin embargo, no todo es feo en Trujillo
            Para ejemplo están los tranquilos y bien cuidados parques de las urbanizaciones como Primavera, Las Quintanas y San Andrés, también California, El Recreo, El Golf, en donde las familias  conversan de diario bajo frondosos pinos y los niños y sus mascotas retozan sobre el gramado.
            Sé de algunos moradores que se reúnen y promueven fiestas en sus calles; organizan encuentros interfamilias, acuerdan y adornan sus fachadas en Navidad y hasta celebran el Año Nuevo con tal desbordamiento de camaradería, que retrotraen al Trujillo de los sesentas o setentas, décadas en las que cundía la unión y la amistad, cuando era usual que cerrasen las bocacalles y armasen kermés y tómbolas con bailes que no pasaban de la medianoche.
            Tampoco debemos olvidar que desde hace mucho tiempo las familias de Huanchaco celebran sus fiestas de carnaval y primavera que concitan la unión y el compañerismo; igual en Las Delicias, donde  es tradicional su Feria de San José, con desfiles, tascas, toro match, pamplonada y corrida de toros.
            Es tiempo que echemos abajo el egoísmo y la envidia, eso que nos ha alejado como vecinos y rescatemos ese Trujillo de antaño. Ya la municipalidad provincial está en ese camino fomentando actualmente, en barrios y urbanizaciones, la práctica de juegos como salta soga, ula–ula, yaxes, rayuela, trompo y kiwi, mediante su programa «Los juegos del ayer». Trujillo podría ser la apacible ciudad de antes, orgullosa de su legado histórico y de sus expresiones culturales y familiares. Acaso todo sea posible, si las autoridades empezaran por liberarnos de la agobiante y persistente criminalidad que ha establecido su imperio de terror y muerte.
            La esperanza es lo último que se pierde, dicen.



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